El poder del discurso

ESA FALSIFICACIÓN A LA QUE LLAMAMOS REALIDAD

Conversación con Agustín GARCÍA CALVO

PREGUNTA: Podríamos empezar por la proposición de Heraclito que describe cómo las cosas son y no son al mismo tiempo. Pero no es que primero sean y luego no sean, en una relación temporal, o que en parte sean y en otra parte no, sino que a la vez, al mismo tiempo, son y no son. ¿En qué medida el lenguaje es lo que les hace ser a las cosas y, entonces, lo que se sabe es únicamente lenguaje.

RESPUESTA: Lo que se requiere para no perderse en las confusiones eternas de la filosofía es precisar qué es lo que se entiende como ser, como ser las cosas lo que son. Tal vez lo mejor es acudir a esos dos implementos que todas las lenguas usan con variantes: uno el de hay y otro el de la cópula es, de manera que se contrapongan netamente frases como “hay rosas” o “hay rosas en el jardín” o “hay ahora rosas”, y una frase como son rosas o eso son rosas” o “lo que es eso es rosas”. El implemento ‘hay’ gracias al índice mostrativo que lleva incorporado nos remite al mundo en que la cosa está diciéndose, en tanto que la cópula ‘es’ no remite a tal mundo en donde se habla sino que establece relación entre partes o elementos del mundo de que se habla. Ahora bien, el mundo en que se habla, adonde apuntan índices como ahí, yo, tu, allá, aquello, esto, es un mundo que carece de cosas nombradas, de significados: es un mundo cuya fuerza consiste simplemente en estar ahí y que tiene que pagar el precio de no ser nada semánticamente definido sino solamente apuntado en el acto de hablar en él. Por el contrario, lo que la cópula introduce es una definición semántica del ser. Se puede decir que entre el haber rosas y el hecho de que sean rosas hay una pugna o contradicción incurable: si son rosas habrán de serlo en sí, eternamente, independientemente del momento en que ello se esté diciendo; en cambio si algo está ahí, se hace sentir por su olor, por sus colores o comoquiera decirse, eso de estar ahí parece que excluye que se le pueda aplicar un término semántico como “rosa” o ningún otro: lo más habría derecho a decir que hay algo, que pasa algo, aquí o allí o donde sea.

Pues bien, lo que se toma como realidad de ordinario, y también en la consideración científica, es una especie de componenda entre esas dos cosas incompatibles o contradictorias: se entiende por cosa real algo que al mismo tiempo lo hay, está ahí y, a la vez, es denominable con un termino semántico, o sea que tiene ser. Así también, de una manera ejemplar -la teología mas avanzada-, Dios tenía que ser el ejemplo supremo de ser, esto es, el totalmente definido y, al mismo tiempo, tenía que estar presente en el mundo en que de El se hablaba, lo cual lo condenaba a la infinitud o indefinición: era así esa componenda de la contradicción como era el ens realisimus; y del mismo modo toda cosa, y entre ellas yo mismo en cuanto real, nos sostenemos sobre la pretensión imposible de, al mismo tiempo, estar aquí y podérsenos señalar con el dedo en un momento y, a la vez, ser cada uno siempre lo que es. Y naturalmente la Realidad en conjunto no es más que la consagración de esa componenda entre el mundo en que se habla y el mundo de que se habla.

P. Cuando utilizas el término “componenda” lo haces entonces en el sentido de compromiso falaz…

R. Muestro la contradicción. No es posible al mismo tiempo que yo sea éste que está aquí en este momento y que, al mismo tiempo, sea quien soy. No es posible y sin embargo esta imposibilidad es lo que me constituye como ser real, lo que me hace pasar como ser real, es decir, no solo uno que dice, sino uno del que se dicen cosas y al que se define. Es un compromiso y simplemente hay una razón, una razón común, el lenguaje mismo que denuncia su obra, que demuestra que este compromiso no es verdadero, es decir que, si se quiere, ese compromiso no sólo es real, sino que es la realidad misma, pero, al mismo tiempo, es no verdadero para la razón.

P. Buena parte de los conocimiento y saberes humanos reposan entonces sobre la ignorancia de esa imposibilidad.

R. Si, se rehuye; la evidencia de esa imposibilidad se rehuye no sólo en la vida práctica, sino en el progreso científico. Esto es evidente. Y apenas cabe concebir una ciencia de la realidad cualquiera si no es gracias a ocultarse esta falacia, esta mentira del compromiso fundamental. Sólo que hay que añadir, respecto al progreso científico, que parece como si fuera la razón -al ir descubriendo en la concepción científica, fallos, fallos que evidentemente son como afloraciones de esa falsedad del fundamento- la que promueve el progreso mismo, la necesidad de una nueva teoría científica que trate de soslayar por lo menos los fallos inmediatos que la razón ha descubierto. Hay una dialéctica un poco complicada, pero clara, entre razón y ciencia, como si la razón estuviera continuamente descubriendo los fallos de la ciencia y, de esta manera, promoviendo su progreso.

P. Has hablado en varias ocasiones de que la ciencia aspira a explicar; mientras que las interrogaciones del lenguaje están encaminadas a dar razón de. Este dar razón sería sobre todo dar razón de esas falsedades para que la ciencia vaya programando su recambio de paradigmas.

R. Más bien eso que he descrito es como un descubrir, descubrir las contradicciones una y otra vez, puesto que la imaginería de la Realidad -científica o no- continuamente se renueva, de modo que la razón siempre tiene trabajo en el descubrimiento de esas falsificaciones. No podría decir ahí del todo que la operación sea dar razón; esta locución de “dar razón de» y también la otra de “dar razón a”, “darle razón a alguien”, son ambiguas, a lo mejor útilmente ambiguas. El lenguaje es el mismo el que constituye esta falsificación a la que llamamos realidad, puesto que es en el aparato del lenguaje donde al mismo tiempo se dispone de índices deícticos que dicen aquí, yo, me, mi, conmigo, y, al mismo tiempo, se dispone de un vocabulario semántico que trata de definir las cosas como para siempre, como en sí; pero siendo imperfecto siempre el producto de esta operación del lenguaje, esto da lugar a que el lenguaje siga operando en el sentido de descubrir las imperfecciones y, por tanto, la falsificación fundamental de su propia obra. Entonces, en cuanto a dar razón, no es que el lenguaje dé razón del mundo, habría que decir que da razón de él en un sentido contrario a la ciencia, no en el sentido de explicar, allanando las contradicciones y procurando la conformidad de esa imaginería del mundo, sino por el contrario da razón de él en el sentido que se dice también “dar cuenta de algo”, que quiere decir deshacerlo, destruirlo, liquidarlo. Pero por otro lado se puede decir que el lenguaje da razón siempre a una sospecha, anterior al lenguaje mismo, que podríamos llamar subracional, y que es la disconformidad y el enloquecimiento de la gente normal que se ve sometida a la aceptación de ese imposible que se llama Realidad. Esto es algo que, no siendo perfecta la creación de la Realidad, nunca se ha podido curar del todo; siempre la gente ha seguido volviéndose loca y desesperándose de mil maneras. Y es entonces cuando se puede decir que la razón da razón a la locura, que el lenguaje da razón a la locura, es decir, pone en claro lo que la locura de por sí no sabe decir, viene a revelar la condición que está en el fondo y de la que a su modo la voz del loco y la voz del desesperado son también voces.

P. La componenda en que consiste pues el discurso científico, la mentira que podríamos decir que lo constituye, sólo es entonces susceptible de análisis en la medida en que tal discurso incorpore el lenguaje coloquial. La progresiva matematización de ese discurso, su cada vez mayor inscripción en un lenguaje autoreferente que, como el lenguaje matemático, no habla de cosas sino de sí mismo, ¿hasta qué punto permite a la ciencia escapar de esa crítica?

R. El lenguaje de la Ciencia, desde siempre, se ha separado del coloquial, al menos en su pretensión o ideal, no ya en cuanto al uso de términos técnicos, o jerga especial, sino en el punto fundamental de la eliminación de los elementos mostrativos: en un lenguaje científico serio no pueden aparecer elementos no sólo como me o te, sino ni siquiera como esto, ahí, hoy, mañana… Es decir, que la Ciencia ha pretendido siempre rehuir en su lenguaje la referencia al mundo en que habla y realizar una construcción de un mundo ideal, del que se habla.

La inserción de la ciencia en los tratos sociales en general es una operación segunda por la cual se sugiere o se impone que esa construcción idea1 corresponde a, explica el mundo o realidad del lenguaje corriente. Pero esa inserción no se da dentro del lenguaje mismo de la ciencia. En cuanto a los progresos últimos del lenguaje científico, por los que la Física -o ciencia por excelencia- ha venido a tener, al menos ideal-mente, un lenguaje matemático, son en efecto un progreso en el mismo sentido: nada más eficaz que el juego de los cuantificadores para sostener en su fijeza y seguridad a los elementos semánticos o significativos. Y aún en el caso de que los números mismos (que, en principio, serían índice de relaciones) se conviertan a su vez en cosas, todo ello no implica que del lenguaje de la ciencia desaparezcan los elementos semánticos: siempre se está hablando de algo determinado. Únicamente esta pretensión de la Física de usar un lenguaje matemático ha obligado al desarrollo de la matemática misma en sentidos que sólo pueden entenderse como serviles respecto a la Física, es decir, destinados a servir para dar cuenta de hechos reales: así, primero el desarrollo de los cálculos infinitesimales como instrumento para racionalizar la continuidad y, últimamente, el desarrollo de la teoría de las catástrofes o de la lógica borrosa, como medio de dar cuenta también, a partir de ello, de las discontinuidades o roturas que la realidad corriente parece presentar. Pero una Física que declara estar dedicada a un juego con sus propios símbolos y relaciones internas, sin pretensión alguna de referirse a nada exterior a su lenguaje, no sería ya una Física sino en todo caso una matemática. No se da tal cosa ni puede darse. Es inherente a la ciencia la pretensión de explicar, dar cuenta de la realidad, aunque esa pretensión no se formule (o incluso se excluya formalmente) dentro del propio lenguaje científico sino en la inserción social de la ciencia: la gente corriente tiene que seguir creyendo que los físicos están tratando del mundo y que saben lo mismo que los simples mortales, sólo que mejor, qué es lo que hay ahí.

P. De todos modos, a lo mejor había que recordar que existen lenguajes más y menos formalizados, y algunos de ellos muy formalizados, es decir, que incluyen la definición precisa de todos sus elementos, las reglas y las condiciones de cohesión y reproducción de esas reglas y donde los referentes coinciden con los significados, es decir, su definición se puede cerrar con perfección, cosa que no ocurre con el lenguaje coloquial, donde hay que recurrir siempre a códigos imperfectos. De este tipo de lenguajes formalizados podrían servir como ejemplo las lógicas duales, donde están todos los elementos y operaciones muy definidas y con ellos parece ser que se puede dar cuenta de bastantes cosas.

R. Hay ciertamente desarrollos precisos de algunos dispositivos que ya están en el lenguaje corriente, como en él están los cuantificadores desarrollados por la matemática, y entre esos dispositivos, notablemente, los metalingüísticos, es decir, aquellos que están dispuestos a convertir partes de la producción lingüística o del aparato lingüístico en objetos a su vez de nuevas formulaciones o términos lingüísticos. Con el desarrollo preciso de estos elementos se puede conseguir un sistema relativamente cerrado, cosa que como dices es ajena a las lenguas llamadas naturales. Al fin y al cabo, una geometría misma como la de Euclides es un intento en ese sentido. Los elementos con los que se juega no están tomados de ningún exterior, sino establecidos por definición dentro del propio lenguaje y, si a su vez son un numero finito, se puede aspirar al desarrollo de un sistema de formulaciones verdaderamente cerrado acerca de esos elementos y sus relaciones. Así también algunas formas de lógica como aquellas a las que aludes, y añadiré por mi parte, como reveladora, la lógica de Montagu y sus seguidores, destinada justamente a dar cuenta de lenguajes naturales, cosa que evidentemente sólo podían pretender mediante una previa limitación convencional del lenguaje natural objeto, por ejemplo, un fragmento de inglés. Pero ello es que, así como las lenguas naturales son, justamente por la región de su vocabulario semántico, abiertas o infinitas, así también la Realidad, obtenida por el compromiso entre ese vocabulario semántico y las referencias deícticas, tiene que resultar abierta, ilimitada y, por tanto, cualquier aparato lingüístico en la medida en que consigue hacerse perfecto, esto es, y riguroso, en la misma medida se vuelve incapaz de dar cuenta de la realidad, es decir, que queda excluido dela condición de aparato lingüístico científicamente útil. O sea, según la formulación de Einstein, que “las formulaciones físicas, en cuanto se refieren a la realidad, no son verdaderas y, en cuanto son verdaderas, no se refieren a la realidad”.

P. Los intentos de las gramáticas generativistas o tranformacionales ¿son también baldíos en ese sentido para dar cuenta completamente de los lenguajes naturales?

R. Es preciso distinguir claramente entre una gramática y una ciencia: una cosa es, como en el caso del artilugio de Montagu, tratar un fragmento de lengua como un objeto real del que dar cuenta y otra cosa es una operación gramatical, que no es científica, que no trata de la lengua como una Realidad, sino que intenta simplemente descubrir lo que todo el mundo sabe acerca de la lengua que habla sin darse cuenta de que lo sabe. La gramática generativista o transformacional era una gramática (no importa que sus promotores cayeran en el error de proclamar la gramática como ciencia por presión del prestigio de lo científico) y, por otra parte, su aparato no era notablemente más riguroso que el de las otras gramáticas tradicionales de las cuales, por el contrario, los generativistas conservaban demasiado, con la fe por ejemplo en cosas como “verbo” o «sujeto” como elementos necesarios de cualquier lengua, pero en todo caso no se trata ahí de explicar la realidad del lenguaje (eso sería función de una teoría de len guajes más o menos separada de una teoría de gramáticas) sino de descubrir, como cualquier Gramática, lo que hay en la gramática de los hablantes de la lengua; primero de una lengua determinada, de un idioma y, a partir de ahí, de la lengua general o rasgos comunes a la gramática de cualquier lengua.

P. La Realidad está constituida por un compromiso imposible -como dices- entre la parte semántica y la parte deíctica que señala, pero no nombra, ¿cómo se verifica eso en algunos ejemplos de lenguaje, verbigracia en el discurso jurídico o en el histórico?

R. El caso del lenguaje jurídico es, desde luego, ejemplar. Hay que tener además en cuenta que lo que después llegó a llamarse leyes en la Física nace desde luego, en primer lugar, en las leyes legales, en las jurídicas, y sólo por imitación de ellas se aplica al supuesto campo objetivo o no personal de la Física. Lo que sucede ante todo en el lenguaje jurídico, y sobre todo en la formulación de las leyes u otras disposiciones, es que lo que tendrían que ser propiamente formulaciones modales, imperativos destinados a la acción por medio del oyente en el campo y momento en que los imperativos se le lanzan, pasan a convertirse en formulaciones donde esa condición modal, por generalización a «cualquier oyente , a “todo el que leyere” y para cualquier momento en que la situación formulada se produzca, queda disimulada y con ello se crea un campo eventual o futuro en que las cosas suceden así una y otra vez y deben una y otra vez ajustarse a los mismos imperativos. Con esto se consigue de la manera más clara por primera vez en los lenguajes de dominio que el Futuro quede configurado como realidad (en gramática he estudiado como el tiempo futuro de nuestras lenguas nace de una reinterpretación de Imperativos de predicciones futuras) y, con ello, queda constituido el Tiempo mismo como un espacio que es justamente lo que la Física va a necesitar como ámbito (un cronotopo que dicen algunos, un tiempo reducido a dimensión) en el que los procesos se produzcan, se realice esa maravilla de un cuerpo en movimiento, que es el problema central de toda Física, y se puedan formular leyes a su vez sobre el desarrollo de esos procesos. Pero eso, antes que darse para el átomo, se ha dado para mí, en cuanto constituido como persona no sólo real sino como persona jurídica, es decir, capaz de ser objeto de formulaciones relativamente objetivas de un lenguaje que ya no usa directamente Imperativos lanzados sobre mí en este campo en que se habla sino referidas a mí como ente abstracto, es decir, real.

P. ¿Podría decirse entonces que las leyes científicas no descubren otra cosa que lo que las leyes jurídicas han constituido, en otras palabras, que toda Ciencia es Ciencia del Estado?

R. Antes de eso hay que recordar que la labor de la Ciencia no es cosa tan inocente como un descubrir (eso en el mejor de los casos podría decirse de una Gramática o un Psicoanálisis) sino constituir positivamente, en el sentido que antes decíamos que la Realidad se constituye por identificación entre los entes y relaciones ideales con los presentes o fluyentes pero desde luego lo que sugería es que la operación de la Ciencia con los entes pretendidamente objetivos está precedida por y fundada en la operación de la Ley jurídica sobre los Individuos constituidos como elementos del conjunto de súbditos de, por ejemplo, un Estado y que es a operación, en el caso de la Física, como en el de 1 a Ley, tiene su primer fundamento en el establecimiento de un Tiempo ideal (es decir, espacial), que se consigue por reducción a formulaciones pretendidamente objetivas (las jurídicas están en una condición ejemplarmente intermedia) de lo que en principio serian formulaciones directamente accionales como Imperativos.

En cuanto a la Historia -un lenguaje que se ha pasado todo el tiempo que llevamos de historia tratando de aproximarse cada vez más a ser un lenguaje primero imparcial y objetivo y, en definitiva, científico y capaz de hacer sus pinitos como la Física con el uso de los números- es algo que nace también como instrumento destinado a la ideación del tiempo, a la conversión del decurso bruto de las vidas, siempre peligroso de imprevisiones y sorpresas, de escapar a los ojos de Dios, en un ámbito dado de antemano y visible como un espacio cualquiera para esos ojos. Pero esa conversión tiene que hacerse primero respecto a lo que se llama Futuro, porque no hay ningún tiempo ideado anterior a la creación del Futuro (y así uno de los arranques de la Historia está en el lenguaje de los profetas de Israel), y su dedicación posterior a lo pasado viene así a servir como una especie de complemento de la labor de ideación del tiempo: pues si realmente ha habido otras épocas, es decir, si otras épocas forman parte de la Realidad, entonces está asegurado que habrá igualmente otras épocas igualmente reales y que así, entre las unas y las otras, desaparecerá este momento en que se está hablando de las unas o de las otras como momento inasible y vivo reducido a ser también una época, la época presente. Para esto sirve principalmente la Historia y pienso que sus relaciones, por un lado con el caso del lenguaje jurídico y, por el otro, con el lenguaje científico al que la Historia en su progreso continuamente aspira, quedan bastante claras.

P. Los nuevos conceptos que van componiendo renovados instrumentales teóricos para contar la Historia, por ejemplo, los de Foucault, que critica las viejas nociones de tradición, espíritu, influencia o continuidad en base a la creación de otro andamiaje conceptual de discontinuidades, series, umbrales o transformaciones, ¿en qué medida aportan mayor veridicidad a la narración de la Historia?

R. No soy muy conocedor de Historia y formas de Historia, pero sospecho que las sucesivas criticas respecto a las formas anteriores de hacerlas (que empiezan desde el momento del comienzo mismo de la Historia escrita, cuando Tucídices se dedica a criticar las formas de los cronistas anteriores, o incluso antes, cuando la Historia en prosa surge como una creación de las anteriores versiones míticas) sigue n un poco el mismo esquema de las sucesivas correcciones de las formas o teorías de la Física a que antes aludíamos. Se trata de la renovación del artilugio explicativo promovida por el descubrimiento de fallos o por la insatisfacción con las explicaciones anteriores, y ello, por supuesto, en su momento negativo no puede menos que apreciarse como una revelación de la perpetua imposibilidad de la explicación histórica, aunque luego la nueva crítica venga a dar a nuevas formas de hacer Historia, pero así como en la Física el problema central es el de “un cuerpo en movimiento”, así sospecho que en las cuestiones históricas también lo que juega es una insatisfacción de la noción de causa. Como una Historia parte necesariamente de ciertas creencias o presupuestos respecto a la entidad de las instituciones y a la del individuo mismo, y como los propios avatares de la historia ponen de relieve la falta de fundamento de aquello que en un estadio anterior se presentaba como eterno y seguro (por ejemplo la entidad de “Atenas” o la de «la voluntad del monarca” o, en definitiva, la de “la voluntad de los individuos” componentes de pueblos o ejércitos en el progreso democrático de la Historia), esas insuficiencias o fallos de las concepciones de relaciones causales para los hechos que sobre ellas estaban fundadas dan lugar a nuevos intentos de renovar la explicación causal, aunque sea a costa de cambiar la creencia en la entidad de las instituciones o individuos, pero lo curioso es que estos cambios de la Historia en el plano de la explicación de los hechos parecen corresponderse bastante fielmente con los cambios en la Realidad misma, es decir, en las nociones y relaciones causales que entre la gente misma rigen y se desarrollan según los propios acontecimientos de la historia.

P. Parece que hay aquí una invitación, como tantas otras veces, a buscar con el lenguaje los fallos y las insuficiencias e imperfecciones de todos los saberes y discursos establecidos (desde el histórico o el periodístico a los científicos) ¿Es esa utilización negativa del lenguaje el intento más honesto que acaso se pueda llevar a cabo en el campo del saber?

R. Puede que haya en todo esto una invitación al descubrimiento en el sentido que dices, valga para lo que valga, pero desde luego no puede negarse que hay una cierta confianza, o falta de desconfianza, en el lenguaje mismo: se confía seguramente en que el lenguaje, que por un lado sirve para el mantenimiento del Poder constituido no sólo como Estado, por ejemplo, sino también como Individuo real que tiene que hacerse una idea de su vida y que, por tanto, viene a producir con las Leyes o con la Ciencia o con la Historia una construcción de la Realidad, ese mismo lenguaje, por otra parte, se distingue de esas y las demás instituciones por ser algo no impuesto desde arriba sino, como suele decirse, materno (esto es, no paterno) y verdaderamente popular: es la razón común que se dice en el libro de Heraclito y de ella, que constituye ciertamente la Realidad precisamente en cuanto el lenguaje se convierte en ideas privadas y saberes manejables desde arriba, se puede confiar también en que esté constantemente volviéndose sobre su propia construcción de la Realidad y, en cuanto razón común y popular, que no tiene que servir a los intereses de nadie, llegue a dar no en la formulación de una verdad más, pero si acaso en ese descubrimiento de la falsedad de las ideas recibidas que es tal vez la forma de verdad que a los mortales, no en cuanto individuos, sino en cuanto pueblo les corresponde.

P. Por ahondar algo más en la incidencia que los modos de decir puedan tener sobre los modos de ser; en la manera que tiene el lenguaje de construir la Realidad, ¿podría llegar a decirse que hay, por ejemplo, un mundo chino, otro vasco y otro románico, a partir de las radicales diferencias entre la escritura ideo-gramática, el euskera y las lenguas romances?

R. Me preguntas por la cuestión de los idiomas, de las lenguas particulares, de las cuales, ya desde hace mucho tiempo, sobre todo con los estudios de Benjamin Whorf sobre lenguas indígenas americanas, se ha venido viendo hasta qué punto pueden configurar lo que se llama una cultura y todo un modo de ser de un pueblo, y de hasta qué punto un idioma puede servir como configurador de una entidad política tenemos buen testimonio en las contiendas actuales en que las identidades de naciones o Estados tratan de fundarse en una previa noción de un pueblo que, en definitiva, no tiene más apoyo que la peculiaridad de su lengua.

Sucede con los idiomas lo mismo que con el habla personal de cada uno, que es efectivamente un indicio y constituyente de su ser propio: es, por volver a la formulación heraclitana, la idié phrónésis o pensamiento idiomático o privado, que se opone al logos xynós o razón común. Es por tanto imposible no reconocer la fuerza que tiene no el lenguaje sino un lenguaje particular, un idioma en la constitución así de los individuos como de las entidades políticas, naciones y Estados, pero aquí es importante hacer notar lo que la lingüística cada vez ha ido descubriendo con mayor claridad, a saber, que las lenguas son diferentes (esto es lo que se da desde la torre de Babel hasta cualquier Pentecostés que se le oponga), pero que, en segundo lugar, se parecen entre si y, en tercero, se parecen entre si mas unas que otras; esto último es lo que promueve la explicación de la lingüística histórica (herencias, influencias entre lenguas); pero lo segundo, la constatación de que las lenguas se parecen, puede alcanzar una formulación bien precisa (la que estos anos se persigue por medio del estudio de los universales lingüísticos y de los intentos de una Gramática General), a saber, que hay rasgos o condiciones comunes a todas las lenguas habidas y por haber y que no están producidos por condiciones supuestamente naturales, sino que consisten en una ver a era comunidad política: esos rasgos comunes de cualquier lengua vienen a ser como una gramática común, la que (y éste es uno de los puntos en que más hay que alabar la clarividencia de Chomsky) puede o debe concebirse como un aparato gramatical innato que cualquier niño trae a este mundo y que es justamente el que posibilita, sobre esa trama general, el aprendizaje de un idioma cualquiera. Así que lo más interesante de la diversidad de las lenguas no es aquello en que los políticos y patriotas se apoyan para hacerlas sustento de una cultura y de una entidad propia, sino justamente lo contrario: aquello que, a través del estudio de esa diversidad, se revela como común y ajeno por tanto a todas las entidades políticas, culturales y personales.

* Entrevista de Enmanuel Lizcano y J.A. González Sainz. Extraído de la revista Archipiélago nº 1 “El poder del discurso”, 2ª edición, Barcelona 1991.

Acerca de Isasa

...una costra de piojo aferrada a la corteza de esta tierra mientras cae en lo sin fin.
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