Agustín vuelve a España

Agustín García Calvo

<<Once años alejado de la cátedra y siete fuera de España. Este irónico desterrado que no cree en las patrias, este paradójico maestro que sólo enseña a olvidar de memoria, este
sabio especialista en el no saber, este revolucionario de tendencia presocrática, este
fascinador cuyo imposible designio es ayudarnos a despertar: Agustín García Calvo, de
nuevo en la vieja Facultad de Filosofía, tomando vinos por Princesa —sigue fiel
exclusivamente al blanco— o mirando con suave reprobación de desplazado el lejano perfil
de la sierra. Estuvo a punto de dar sus primeras clases sin que nadie se enterase siquiera de que había vuelto a España. «Ese señor está en París», contestaron en la Secretaría de la
Facultad al alborotado mentor de televisión que llamaba para preguntar por él. Pero no, no estaba en París. Estaba dando tranquilamente clase en su aula, sin recepción oficial ni
contra-oficial, sin más auditorio que sus alumnos de primero, sin haber caído en la trampa
de la arenga, ni en la de la reconvención o el memorial para príncipes. Ha ganado el primer «round» contra la política.

Agustín, que tengo que escribir algo sobre tu vuelta: a ver si me dices qué coño
quieres que ponga. Y Agustín me dice que a ratos está un poco desanimado, un poco
aplastado por la institucional vaciedad académica: «Es tan mala y deprimente como yo
sabia que era…». Y luego, el jaleo ese de España o, como dice la cursilería mentecata de la
oposición, del «Estado español». «Que no vayan a creer que esta desazón al volver a España es algo así como nostalgia del paraíso democrático que bosteza a orillas del Sena, que no vayan a creer que encuentro a España poco ‘progresada’ o algo por el estilo». Poco más o menos, todo lo contrario. Por la vía del desengaño (iba a poner «desencanto», pero desde lo de la familia Trapp no hay quién toque la palabrita), uno puede sentirse ayudado al ser forastero. «Tenía como un doble mecanismo lingüístico —dice Agustín—. Usaba el
español para las discusiones de la «Boule d’Or», para el trato con los amigos; luego le daba
a cierto dispositivo mental y conectaba el francés, para ir a la compra, para dirigirme al
camarero, para todo lo de la vida cotidiana. Esto subrayaba en cierto modo el radical
extrañamiento que nos separa de la vida que nos hacen vivir. Aquí me choca oír hablar
español en las tiendas, en el bar, en la calle: parece como si por ese simple hecho todo
tuviese que afectarnos más y uno tuviese que sentirse más concernido, más solidario con la
miseria vigente». Bueno, las palabras son mías, porque estaba tomándome unos sesos
rebozados y no me apetecía coger apuntes en la servilleta, pero me parece que la sustancia
de lo dicho por Agustín es más o menos esa. Agustín no comía sesos, sino trucha: las
vísceras le están prohibidas por un misterioso tabú cuasi religioso. Quedamos, pues, en
que ser forastero tiene sus ventajas: sobre todo, por lo tocante al circo político. «¡Hay que
ver la de tiempo que está perdiendo la gente dando vueltas a eso! Pero, en fin, tal como
están las cosas habría quizá que intentar desmontar un poco esos tópicos, discutir las
mandangas esas de la democracia que se nos traga…». Hablamos de la comezón por
afiliarse, de la fiebre del carnet. «La gente quiere que la fichen, pero que la fichen para bien, que la ordenen. Cada cual se dice: ¿y yo dónde me meto? Porque en algún lado hay que meterse. La organización lo es todo. No se confía en ninguna de esas cosas más o menos humildes que reúnen acráticamente a las personas: afinidades, simpatías, preferencias o vicios compartidos, ganas de juerga… La obsesión por la organización nace del pesimismo más irremediable, del pesimismo sobre el hombre que tienen los optimistas en política…».
Ya digo que yo no tomaba notas, que hablo de memoria: pero por ahí, por ahí iba la cosa…

Volvimos luego a darle vuelta a la desgracia académica, que es, después de todo, la
que ambos conocemos mejor. A partir de 1968, abiertamente —y desde bastante antes en
proceso larvado—, el gran secreto de la Universidad es que no existe. A los profesores nos
pagan por disimular ante los alumnos tan incómoda desaparición. Ni hay formación
universal que repartir o recibir, ni hay pedagogía más que en el sentido netamente
instrumental de la palabra, ni hay investigación sobre nada que no sea pura repetición de
lo que ya impera, ni siquiera hay puestos de trabajo para el enjambre de ilusos pacientes a
los que nadie se atreve a negar el derecho a recibir una calidad gloriosa —¡universitario!—
que ya nada significa. Fuera del adiestramiento en ciertas técnicas, la cada vez menos
soterrada búsqueda de la especialización que abaratará costes y la doma por diversos
medios —antes más bien palo, ahora más bien zanahoria— de los impulsos menos sumisos
que la gente suele llevar dentro, de la Universidad sólo queda el entretenimiento ritual de
los exámenes y el encauzamiento de tiempo y energía potencialmente peligrosos que por
esa vía se logra. Agustín fue un adelantado en diagnosticar esto, que hoy es ya lugar común
para los más avisados sociólogos de la educación. De todas formas, los progresos del
morbo no por previsibles dejan de ser impresionantes y Agustín me insiste en su frecuente
desánimo ante el papel que a uno le cabe jugar en tal tinglado. No creo que la estereotipada ducha política que riega desde fuera las meninges del sufrido público estudiantil para llenar el vacío que separa la fecha de matrícula del día del examen contribuya precisamente a levantarle el ánimo. Y, sin embargo, es allí donde estamos condenados e debatirnos, en espera de que algún día de la fábrica de lo mismo salga por sorpresa lo Otro…

¿Y Madrid? ¿Cómo has encontrado Madrid? ¿Y Zamora? ¡Ay, Zamora, la Zamora
terrena, que no la celestial Zamora liberada! El pobre Agustín no se me repone de la
impresión que le han causado las «transformaciones urbanísticas» que ha sufrido su
Zamora. «Hay que luchar contra la idea de que todo eso es necesario, los bloques de mil
nichos para ir semimuriendo la vida, los faraónicos hipermercados, todo lo que degrada lo
acogedor, lo que almacena a los hombres sin acercarlos… ¡Nada de eso es necesario,
aunque puede que termine siendo irremediable!». A fin de cuentas, la sumisión a lo
necesario —a la necesaria proclamación de lo necesario— es el rostro mismo del Enemigo,
en urbanismo y en todo lo demás. Se me acaba el papel, Agustín, y todo lo que he puesto
aquí es más o menos negativo, bastante tristón. Ya sabes que la gente suele querer que la
jaleen, que la animen un poco. También esperan eso de ti, no te vayas a creer, a pesar de que bien claro lo dejaste dicho una vez:

«¿Por lo que triunfo y lo que logro, ciego,
me nombras y me amas?: yo me niego,
y en ese espejo no me reconozco.
Yo soy el acto de quebrar la esencia:
yo soy el que no soy. Yo no conozco
más modo de virtud que la impotencia».

En todo caso, bien venido. Y para lo que se te ocurra, para la charla o para la comedia, para
releer a ese viejo griego al que llamaron «el Oscuro» o para el paseo en silencio, ya sabes
dónde nos tienes.>>

AGUSTÍN VUELVE A ESPAÑA
Autor: Fernando Savater

Revista Triunfo
Núm: 725 Año: XXXI
Fecha de publicación: 18-12-1976 Página: 29

Acerca de Isasa

...una costra de piojo aferrada a la corteza de esta tierra mientras cae en lo sin fin.
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