La lógica y la tradición poética anónima

Yo sí que en verdad sé muy poco acerca de Carroll. He leído, naturalmente, algunas cosas sobre él, y casi todas se me han olvidado; y en parte por desinterés por la persona de los creadores, poetas, filósofos o lo que sean: un desinterés que pienso que es razonable porque estamos hartos de sufrir el hecho de que la persona de los creadores, sean poetas, filósofos o lo que sean, se coma las producciones mismas; y tanto más progrese la cultura de los nombres de los poetas, filósofos y demás, cuanto menos se utilice por el público en general la poesía, la lógica u otras formas de pensamiento. Tal vez por esto es por lo que sé tan poco acerca de Carroll.

Otra cosa es, en cambio, lo que se refiere al uso de muchas de sus obras. Sobre esto sí que tengo algo en mi haber: este librote me ha acompañado casi constantemente desde hace cerca de veinte años, las Obras Completas de Carroll. No diré que sea mi libro de cabecera, puesto que para eso sería algo incómodo, tomándolo al pie de la letra, pero, en fin, como buen compañero lo cuento entre los pocos a los que tengo que agradecer mucho de placer, descubrimiento, alimento de la paciencia para sostener una cierta lucha desesperada contra eso que le constituye también a uno mismo, que se llama realidad.
Esto me mete en el tema que quería sacar ante ustedes. Si yo estimo mucho este libro y muchas de sus obras, y tengo ese agradecimiento por las ayudas prestadas, es sin duda porque algo hay en ellas, no sólo en Alicia o La Caza del Snark, sino también en algunas non-sense rhymes, limericks y riddles u otras pequeñas composiciones, insertas en varios de sus libros o conservadas como envíos a algunas de sus pequeñas amigas; algo hay de denuncia de eso que vengo llamando realidad, algo hay de descubrimiento: descubrimiento de la falsedad de esto en lo que los adultos vivimos y que a los adultos nos constituye también, a cada uno según su lugar especifico …
Tal vez son diversas las técnicas que algunos hombres han podido emplear para llevar a cabo esta denuncia o descubrimiento. La de Carroll en concreto me parece sostenida por dos elementos en los que voy a hacer parar mientes brevemente: uno es la lógica o la matemática … digamos «la lógica»; otro es la tradición de la gente corriente, de la gente indefinida, más o menos parlante, y dentro de la gente en especial los niños, y dentro de los niños en especial las niñas, pero todo ello formando parte de la gente.
En cuanto a lo primero, muchos de ustedes han disfrutado sin duda de las producciones matemáticas y lógicas de Carroll, conocen al menos parte de la colección de apasionantes problemas de carácter matemático o lógico; y lo más admirable en él es que estos mismos elementos penetran también en las producciones poéticas, sean en las rimadas, sean en la prosa: es uno de los casos más ilustres de compaginación, de colaboración, de las técnicas poéticas y las técnicas de la lógica.
Querría, antes de pasar al segundo tema, mejor hablar mucho de esto, darles una muestra (si se descuidan ustedes, en mi deseo de no hablarles de Carroll, me verían leyéndoles partes de este librote) de las que recuerdo bien: es un poco largo el ejemplo como muestra de la producción lógica, y no voy a poder traducirla aquí entera, pero algunos de ustedes la conocerán: el pequeño cuento de lo que la tortuga le dijo a Aquiles. Aquiles había alcanzado a la tortuga y se había sentado confortablemente en su lomo. «Así que has llegado al final de nuestra carrera -dijo la tortuga-, incluso aunque consiste de hecho en una infinita serie de distancias. Creía que algún sabihondo que otro había probado que eso no podía hacerse»; dijo Aquiles: «¡Es un hecho!, solvitur deambulando. Ya ves que las distancias iban disminuyendo constantemente y así…». «Pero ¿y si hubieran ido creciendo constantemente? -interrumpió la tortuga-, ¿entonces qué?» ….«Entonces no estaría yo aquí -replicó Aquiles-, y habría dado por varias veces la vuelta al mundo a las horas que son». «Me halagas, me aplastas, quiero decir» dijo la tortuga. La narración a continuación pasa a tomar esta conocida aporía de Zenón, que en lo que se nos conserva, mal, de los textos de Zenón de Elea se plantea flsicamente, y la traslada a un planteamiento que se refiere al propio lenguaje del planteamiento, al propio lenguaje de la aporía y especialmente a la lógica de las proposiciones hipotéticas; así que al cabo de un rato la tortuga le propone a Aquiles que se dedique a un juego para el cual le pide que saque de su casco un cuadernillo y un lápiz y vaya apuntando lo que dice. Lo que dice es, en primer lugar, una constatación de lo que sucede en la paradoja de Zenón: le dice que escriba las siguientes proposiciones: A) Las cosas que son iguales a una misma son iguales entre sí; B) Los dos lados de este triángulo son cosas iguales a una misma; Z) Los dos lados de este triángulo son iguales entre sí. Aquiles escribe esto y entonces la tortuga le plantea la escisión entre las premisas A y B y la conclusión Z. Le dice Aquiles: «Está claro que de las dos premisas se deduce la conclusión». Dice la tortuga: «Sí, en caso de que uno admita la proposición de que si A y B son ciertas, entonces Z es cierta también». «Claro, claro, por supuesto: en el caso de que uno admita esta proposición» dijo Aquiles. «Bien, entonces, merece la pena a su vez escribirla: escríbela en forma de proposición C»; de forma que queda la proposición C que dice: “Si A y B son ciertas, Z tiene que ser verdad”; esta proposición queda escrita como tercera. Bueno, ya ven ustedes por dónde va la historia, que tiene tres páginas en esta edición inglesa: naturalmente, cuando Aquiles se apresura a creer que esa carrera lógica ha terminado, la tortuga le hace constar que para que Z se deduzca lógicamente de A, B y C, es preciso admitir la proposición de que si A, B y C son ciertas, entonces Z es cierta; pero ésta es una proposición D, que Aquiles debe escribir a continuación de la C. Carroll dice que en ese momento se aleja del grupo, y que al volver al cabo de varios meses, se encuentra a Aquiles agotando su cuadernillo, escribiendo como loco las series de proposiciones del pretendido silogismo; y la cosa termina en la desesperación, que se manifiesta en insultos mutuos que se dirigen la tortuga y Aquiles con una serie de juegos de palabras que no traduciré aquí.
Bien, ésta es la muestra, entre otras, de la producción lógica, de la técnica de lenguaje a la que antes me refería. Ven ustedes que no es grano de anís esta hazaña de trasladar del ámbito, aparentemente físico, la teoría de Zenón a un ámbito que está constituido precisamente por el lenguaje, en este caso en especial por esta manifestación tan curiosa del lenguaje que son los enunciados hipotéticos, a los que los lógicos más avanzados no hacen mas que dar vueltas, cada vez más incómodas y desesperadas. Bien, no quiero entretenerles sacándoles más ejemplos acerca de estas artes lógicas: únicamente vuelvo a hacer constar mi admiración de cómo mucha veces estas artes se mezclan en común con las artes que solemos llamar poéticas.
Pero paso a lo que he dicho que era la segunda vía por la que veo alimentándose esta arte lingüística que aparece en muchas de las producciones de Carroll, rimadas o no, más o menos lógicas, más o menos narrativas, más o menos poéticas: he dicho que esto viene de la tradición de la gente corriente, y, en su caso en especial, de una cierta tradición inglesa; porque inglesa para mí no quiere decir nada de nación o raza, sino simplemente concebida en el idioma inglés, más o menos oficial o popular. En efecto, todas estas non sense rhymes o estos riddles que en los libros de Alicia y en otros muchos aparecen, no son ninguna invención personal de Carroll, están fundadas en una larga tradición de rimas de versos sin-sentido o de contrasentido, y en acertijos y otras cosas por el estilo, y de esta tradición es de donde, entre otras cosas, Carroll ha tomado el ritmo, ha tomado los juegos de sintaxis, cosas ambas en las que él tenía que tener un especial interés, tanto en el ritmo como en la sintaxis.
Hasta qué punto esto es así lo voy a demostrar con otro ejemplo, antes mejor que hablar mucho sobre ello. Por ejemplo, tomemos los versos, el tipo de versos, en que está escrita La Caza del Snark:

«Just the place for a Snark! l have said it twice:
That alone should encourage the crew.
Just the place for a Snark! I have said it twice:
What I tell you three times is true.»

Supongo que perciben ustedes más o menos esta alternancia de los versos de cuatro tiempos y los de tres, y sobre todo esa utilización del ritmo anapéstico, en el cual quiero centrar su atención, para hacer evidente esto de la tradición popular anónima.
Tienen ustedes conexiones con anónimos pertenecientes a la tradición inglesa. Me voy a limitar, si la memoria no me falla, a recordarles uno de estos poemillas que está en este mismo tipo de ritmo anapéstico, y en el que, de paso, no deja de ejercerse una cierta función también dialéctica, precisamente en torno a la ontología del yo; es decir que sería un poema que Carroll podría haber compuesto, pero que no lo compuso él, está en la tradición anónima inglesa. Esto, en traducción, dice así:

Había una vieja, habéis de saber,
que a la feria sus huevos iba a vender.
Un día de feria a la feria marchó
y al pie de la ruta dormida quedó.
Pasó un buhonero muy burlador
le cortó las enaguas todo alrededor.
Hasta las rodillas las faldas cortó,
con lo cual a la vieja un frío le entró.
Y cuando la vieja se fue a despertar,
a temblar se puso, se echó a tiritar;
se puso a mirarse, a llorar se echó:
¡Por Dios!, ¡Dios me valga!, que ésta no soy yo.
Pero si es que soy yo, y lo seré quizá,
tengo en casa un perrito y me conocerá;
si soy yo, su rabito vendrá a menear,
y si no soy yo, a gruñir y ladrar.
A casa la vieja se fue, y al llegar
salió su perrito, se puso a ladrar.
Al ver que ladraba, a llorar se echó:
¡Por Dios!, ¡Dios me valga!, que no, no soy yo.

Y creo que no tengo que hablar mucho para esclarecerles hasta qué punto hay una continuidad entre las producciones anónimas de este tipo, más o menos producidas por niños, más o menos producidas para niños, y las cosas a las que Carroll se dedica. Espero que vean cómo dos cosas tan aparentemente opuestas, la inspiración en la matemática y la lógica y la inspiración en las tradiciones populares y anónimas, convergen y hacen posiblemente la parte principal de la fuerza de las producciones de Carroll.
Naturalmente, de esta tradición popular Carroll no sólo ha tomado estas costumbres de los ritmos anapésticos y trocaicos y los juegos de sintaxis, ha tomado muchas otras cosas que pueden ser útiles para poner al desnudo aunque nada más sea por un momento, por un vislumbre, esta falsedad real sobre la que los adultos viven y a los adultos constituye.
Por eso es por lo que la inspiración de Carroll ha tenido que venir especialmente de esa parte del pueblo, de la gente indefinida, que son los niños; los niños tienen esta enorme ventaja: que por muy corrompidos que estén (desde pequeñitos, por supuesto, desde que aprenden a hablar lo están y esto muy bien lo sabía Freud), sin embargo están mucho más imperfectamente formados, no tienen una cantidad de actitudes, de intereses, empeños, vicios y por tanto ideas, que defender, para con ellas defenderse, que es la característica de todo hombre más o menos. Ésta es la ventaja que puede hacer que los niños, si fuéramos capaces de oirlos, fueran naturalmente mucho más clarividentes y capaces de descubrir esta falsedad a la que llamamos realidad.
Vean que cuando pasan las cosas que pasan, por ejemplo, en los libros de Alicia, no se trata de que estemos entrando en un mundo fantástico, es sobre todo que ese mundo fantástico se nos presenta lleno de detalles del mundo real, como muy natural, como muy cotidiano; un mundo en el que se sigue celebrando la ceremonia del té, donde la reina recibe como ama de casa, etc.; de forma que es todo lo contrario de lo que puede llamarse literatura de evasión. En este sentido puede ser lo que aludo más bien como una producción de descubrimiento, se trata de que lo que aparece en ese otro mundo, al menos como un espejo hace ver, contra éste que se da por real lo absurdo, lo maravilloso, lo increíblemente cabeza abajo que está este mundo de los adultos. Los niños saben esto muy bien.
En otro aspecto, incluso, los juegos de palabras ¿qué otra cosa son?: esa especie de palabras híbridas que fabrica con tanto gusto Carroll, por ejemplo la misma palabra ‘Snark, ¿qué otra cosa es sino refinamientos de aquello a lo que los niños se entregan una y otra vez, repitiendo incansablemente, volviendo del revés, cambiando el orden de las sílabas de las palabras convencionales que comprende el lenguaje adulto, hasta que por medio de estos juegos la palabra empieza a producir ese efecto que muchos de ustedes recordarán, el efecto del descubrimiento del vacío, del sinsentido, que es precisamente parte de ese descubrimiento de la falsedad de la realidad de la que vengo hablando?
Y si esto puede decirse de los niños, así puede decirse que Carroll escribía solamente en apariencia para ellos, pero mucho más verdad es que lo que hacía era interpretar, resucitar algo que los niños saben y que tal vez no podría formular con tanta precisión literaria, pero que al fin y al cabo es lo que los niños saben. Carroll ha aprendido de los niños: habla como un niño, habla, si ustedes quieren, como hablaría un niño que por algún milagro hubiera tenido, sin embargo, grandes habilidades en la matemática y la lógica o en las otras artes poéticas.
Y ha aprendido especialmente de las niñas. ¿Por qué las niñas suelen ser más clarividentes, de esa clarividencia común a los niños en general, y por tanto de ellas se puede aprender más en esta labor de desmontar o descubrir la falsedad de la realidad? Bueno, yo pienso, sin darle muchas vueltas a la cosa, que es bastante sencillo… Los niños están conducidos en la práctica, si no se mueren antes, a convertirse en adultos, pero las niñas, además, están condenadas a la suerte doblemente trágica de convertirse en adultos del sexo dominado, con todo lo que esto puede comportar consigo; de manera que en cierto sentido el destino es doblemente trágico, en cuanto que tiene que acceder a convertirse en mujer, y no puedo por menos de poner en relación con este carácter doblemente trágico del destino esa especie de listeza, de finura, capacidad de descubrimiento y de denuncia que en las niñas se presenta de manera más segura, con frecuencia, que en los niños.
Pero sobre todo quisiera terminar instándoles a que no separen mucho a los niños y las niñas de lo que he llamado gente en general: en efecto si una de las cosas que puede poner en obra una técnica de descubrimiento es esa sabiduría en las habilidades lógicas de la que ustedes han visto un ejemplo, por otro lado Carroll ha aprendido especialmente de la gente que no es nadie determinado, del aprendizaje de la tradición anónima; y solamente de esta gente, y como ejemplo de ello les invito a considerar cómo Carroll ha aprendido mucho de esa parte de la gente, todavía no demasiado formada, todavía no demasiado obligada, que son los niños y particularmente las niñas. Con ello doy por terminada mi intervención.

http://sendasydivagaciones.blogspot.com/2010/01/agustin-garcia-calvo-y-lewis-carroll.html

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AZAR

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T:   TAL COMO REVOLTIJO ( o CENTÓN o PUZPURRI o BARAJA) DE COSAS ECHADAS AL AZAR ES EL MÁS HERMOSO REVOLTIJO, ASÍ EL MUNDO.

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© (…) Lo que razón aquí sugiere es que esa ordenación de las ordenaciones o realidad de las realidades ya no es una realidad, ya no u n a ordenación, sino que se confunde con el principio mismo de ordenación o fuego, que es, según hemos oído, la razón en cuanto se manifiesta como realidad; y lo sugiere certeramente por la vía de formular aquí la identificación entre azar y ordenación: con respecto al cosmos u ordenación toda pasa algo semejante a lo que pasa con esas especiales estructuras que son los centones, los puzpurris o la baraja bien barajada antes de empezar el juego: que para ellas la mejor gracia y el orden más hermoso consiste en en el más rico barullo y el desorden más perfecto (nótese la peculiar contradicción que late en el sintagma `desorden perfecto´), en el que queden los menos posibles restos reconocibles de una ley de ordenación: también para el mundo de los mundos, siendo sin fin y sin principio (nº 81), lejos de regir la ley de oposiciones mutuas, proporciones y estructuras que constituyen cada mundo (y cada cosa), lo que rige es la identificación entre los que son para las realidades polos opuestos, el azar más caprichoso y la más rígida de las leyes; pues no hay libre capricho, azar caótico ni suceso inmotivado que para la razón misma ( no para las ideas de sus seres contrapuestos se hagan de ella) no sea lógica y resultado de su propia razón como ordenación que se realiza como fuego constructor y destructor de mundos; dicho ridículamente, el capricho de la razón es la ordenación, y así el caos o sin fin que de la Realidad a nosotros se nos aparece (en cuanto renunciamos ala falsificación de hacer que el sin fin sea un todo y ordenarlo según la ley de los todos parciales) es la ley de la ordenación para la razón misma.

Y era seguramente importante que razón hiciera constar aquí esto, no fuéramos a recaer en pensar que el Fuego era un ordenador o creador del Todo, una medida, módulo o criterio de la ordenación total, cuando se nos ha dicho (nº81) que él es, en todo caso, un creador de medidas, y mejor dicho, que las medidas son su acción misma, su encenderse y apagarse, en cuanto manifestación real de la razón o lenguaje de la realidad; así que era bien proclamar expresamente que la contradicción entre azar y ley es cosa de  los todos parciales que razón o lenguaje presentan como ordenaciones fundadas en la contradicción entre los seres, pero que la razón misma es la anulación de esa contradicción entre azar y ley. (…)

R.C./A.G.C./p. 246-247

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De Alceo FR: 326 LP

No entiendo tal motín que de vientos hay:
pues ya la ola rueda de acá y ya
de allá, y nosotros arrastrados
por la mitad con la negra nave,

ajetreados de áspero temporal:
que cubre el pie del mástil el agua, y ya
la vela desgarrada y toda
hecha jirón de la entena abajo,

y aflojan ya las anclas  …

P.A./A.G.C./p.76

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ir tirando

“…uno, sencillamente, va tirando, y aguanta, con más o menos gracia o pesadumbre, unas veces arrullándose, otras pegando gritos, los enredos con su familia, con su pareja, con sus colegas de oficina, con los recaudadores de contribuciones, con los agentes de seguros, que el destino le eche encima; lo va esquivando, lo va afrontando, lo va sufriendo, como el diablo le dé a entender o como más barato le parezca. Y eso es todo. Y así es la vida.

Por eso ningún mandato ni recomendación moral se les da aquí a los lectores de este sermón. Nada se les va ha decir (¡uf, qué alivio, tú!, ¿verdad?) de lo que tienen que hacer cada uno consigo mismo ni con su pareja respectiva, nada.

Y este regalo negativo, que es el último que por hoy les doy, desearía que sonara claramente.

A nadie se le manda nada: ni que rompa mañana con su pareja, si la tiene, ni que se guarde de meterse en una, ni que funde una comuna de desparejados, ni que se ponga a andar de pino por las aceras.

Ahora, una cosa es ir tirando y aguantar los líos de familias o parejas en que uno ande metido (porque no sabe como salirse, porque teme que el remedio sea peor que la enfermedad), y otra cosa es que uno de ahí deduzca que, puesto que así es, es que su razón de ser tendrá; otra cosa es que caigas en decir “como a mi me pasa, será que así es”, y, por el hecho de que tu padezcas una familia, una pareja, una oficina, una persona, te creas obligado a justificar y defender la Familia, la Pareja, la Oficina, la Persona.

Que no se te cuele esa maldita idea, donde todo el veneno de la Moral está concentrado, de que “Hay que ser consecuente con lo que uno piensa” ( o “con lo que uno dice”), como si no se hubiera sentido todavía que uno está hecho de contradicción. Encógete de hombros y no oigas o no dejes que se te pida una “congruencia entre tu vida y tu pensamiento”, como si pudiera haber congruencia ninguna entre dos cosas que ni siquiera pertenecen al mismo mundo.”

C.P./A.G.C./p.131

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LXXI

Cuando un ensueño, roto al alba, nos deja
con la palabra entre los labios brumosos
vacía y con la mano en vano gesto perdida,
que iba a apuñarlos unos dóciles pechos
o a acariciar la dulce oreja, tan sorda
que ya ni está siquiera, y que nos quedamos
con personajes conversando que apenas
podemos ya seguir en ellos creyendo,
y el tibio caos de almohadas y sábanas
los va borrando del mosaico florido
los mil colores de cilindros y prismas
de los pequeños arquitectos, y todo
se anega en esta fe de la alta mañana,
hasta ese último sensitivo topacio
del ojo izquierdo de la blanca y hermana
perdida y doble que brillaba en un guiño
de inteligencia, y lentamente se empieza a
reconocer que sí, que nadie, que lejos
están, que a más de quinientas leguas
de aire, y más aún, que ni aun sabemos
que fueran ellas (pues, ¿de dónde la blusa
de seda y algas desvahida?, pues ¿cuándo
en sus mejillas esa veta dorada?)
o si eran otras, y alguien en el ensueño
dijo -Pero a tus quince años-, y ahora,
al ir contando con los dedos dormidos
sobre la verga tiesa, puede que sean
lo menos veinticinco, y cuando del todo
al sol los ojos decorramos de lágrimas,
ya nuestra hermana cumplirá tretaycuatro,
entonces uno bien querría… los hay
que se incorporan y se lavan los sueños
con agua y con jabón de ducha y toalla
y al punto por los túneles del trabajo
se meten; otros hay que, llenos de alma,
como una encinta a quien trajera su vómito
cada mañana, de una vez se levantan
para acabar con tanta espera y, los ojos
vueltos adentro, arrojan a medio día
allá por fin por la ventana su cuerpo
hacia el menudo tráfico y a las rápidas
cucarachitas de colores; algunos
también acaso al despertarse recuerdan
que tienen una cita para las cuatro
con su conquista bien real y morena
en la terraza de `La Bola de Oro´,
y así con eso de un tirón se levantan
y en camiseta a rasurarse briosos
se ponen con la espuma de la mañana
y trinan y gorjean y ante el espejo
las bolsas de los párpados se arremangan;
pero yo al menos bien querría que en cambio
mi desesperación como un árbol fuera,
un árbol grande, fuera como un gran árbol.
Así es que, cuando en pie me pongo, sin nada
sobre la piel, sin nada dentro del pecho
y alzo los brazos con las palmas abiertas
hasta tocar el cielo alegre de Mayo
en esa barra en cruz de la claraboya,
y de las tablas polvorientas del suelo
de la buhardilla trepa plantas arriba
la deseperación y fluye brazos abajo
por los sobacos y las piernas enhiestas…
ya, ya se siente, sus raices hundiendo,
que en la madera y el cemento se hinca,
y va rompiendo por tabiques y techos
con los raigones ansiosa de tierra
hasta que allá a través de los siete pisos
mi desesperación en la húmeda sombra
y en la fecunda pudrición de los sótanos
y las cloacas sigue hundiéndose; y mientras
hacia el infierno va enterrándose, en tanto
desde las puntas de los dedos arriba
ya, ya ha arrojado mil retoños y ramos
que se retuercen, y como higuera loca,
creciendo de su misma hambre de cielo,
por los desvanes y las vigas penetra
leñosa mi desesperación y con lentos
crujidos combas las quebranta las tejas
calientes y por los desiertos caminos
del aire avanza, echando a diestra y siniestra
sobre las calles y los ríos abajo
ramas que al punto en yemas gualda revientan
que en verdes ramas se enderezan al punto,
y ya las nubes pasajeras empiezan
a acostumbrarse, desflecándose un poco,
a aposentarse allá en sus últimas hojas.
Así va a ser o por semejante modo
mi desesperación: por más que ni sepa
lo que ha de ser, habrá de ser como un árbol
y grande: nadie le pregunte la raza
ni el nombre propio, ni si va a ser un pino
que críe rosas ni si una morera
temblante de la blanca fiebre del álamo
ni si castaño ni si cedro de Indias
o si olmo negro o roble o sándalo o fresno
padre de hadas: pues que todos a una
será y al mismo tiempo será ninguno;
más será un árbol grande, más que las casas
más altas, alto más que en tarde de otoño
la luna pálida: en mitad de la plaza
del pueblo devastada sube sin tino,
dudando en cada tramo de su corteza,
mas desesperanzadamente derecho,
y ahí está: las ramas bajas antiguas
se tenderán sobre las calles y campos
y darán sombra a las espigadoras
bajo el estío y en otoño a los bancos
mantas de hojas amarillas y tiernas
donde piojosos duerman los vagabundos;
en tanto, arriba todo el año las ramas
tan verdes estarán rendidas de frutos,
unos canosos de pelusa violeta,
otros heridos en almíbar y oro,
otros riendo a boca roja rachada,
algunos como de esmeralda en racimos
y también otros como nueces de lluvia,
pero que todos los irá verdaderos
el árbol inventando, al paso y medida
que cada boca acierte el nombre granado
del fruto; y entre tanto, arriba, oreosas,
las frondas estarán cargadas de pájaros,
los unos gorjeando como de plata
arroyos de la tarde, y otros silbando
como la aurora entre las rocas marinas,
y otros piando como espigas de grano
de melodía, y zureando de siestas
roncas de amor, y punteando los ecos
del tiempo sin reloj, y mismo a las hojas
haciéndoles trinar, y mismo a los vientos
enhechizados enseñándoles sólfa
de arruyos; y aún el mismo árbol alado
creciendo sigue de la música sola
hacia el Océano desbordado del cielo
ya limpio de tiranos y nada nunca
escrito; y sin embargo, en tanto, a lo hondo,
de sus raíces él les daba morada
en las entrañas de las minas y pozos
a los enanos soterraños que labran
la oscuridad en mil rubíes y en ópalos
y cuya vida son extrañas industrias,
telares de la seda de los gorgojos
de luz, imprentas de blasfemias miniadas
con zumo de verbena y leche del piojo
de púrpura, y las tintineantes fraguas
del oro rojo –verde por siempre el oro,
que nunca puede madurar en moneda-,
y a sus ferrocarriles de humo de sueño,
que ajetreados van llevando semilla
de niños huérfanos y amapolas por todos
los recovecos de la tierra preñada,
también gozoso sin cesar tunelillos
les iba abriendo con sus raíces blancas
el árbol grande; pero aún sin embargo
será mejor: pues en mitad de la plaza
del pueblo, joven de mil miles de años
-cada año más deshilachadas sus horas-,
el árbol seguirá abrigando de fresco
la gente en desconocimiento florida:
bajo sus ramas montaran unos toldos
de seda, en donde venderán naranjada
por besos y piñones por aún menos;
y alrededor ensamblarán unas mesas
muy largas con entalladuras de oro
y enguirnaldadas de arrayán, para fiesta
de convidados forasteros que acaso
con hambre lleguen; por vïales de grava
bajo su sombra se vendran paseando
gentiles pares en pelusa de barba,
risueñamente conversando de asuntos
de desgobierno; al pie del tronco, sentadas
en tantas muescas que abre el árbol en torno,
peinándose ellas con marfiles y platas
las mil diversas cabelleras y rizos
y bucles y melenas lasas y crenchas
o candeales o de bárbaro fuego
o bien endrinas o de oro pesadas,
aquellas todas que entre calles y ruido
cruzaban por los ojos sembrando guerra
con su sinnúmera andadura, y pasaron
de largo: todas mansas, juntas, ahora
reclinan contra el tronco los blancos hombros
inagotables y en las ramas se dejan
perderse en un común recuerdo los ojos
de inteligencia sonrientes; en una
plazoletilla de sol que hay bajo el árbol
también habrá como un templete de tablas
armado, en donde con timbales y cuernos
van recitando su papel cuatro máscaras
vestidas de oropel y grana en harapos,
mientras por las verdeantes lagunas
barquillas con faroles entre los juncos
se van durmiendo a la coral de las ranas,
sembrando de bengalas y fuegos fatuos
las aguas bajo el árbol; otros a rastras
por las veredas y la yerba y los huecos
del tronco buscarán desnudos algunas
simientes raras que de lo alto llovieron,
menudas letras griegas de plata alada,
con las que luego componer unos libros
hermosos sin sentido; y desde las ramas
más gruesas él también dejará que muchos
columpios cuelguen y a sus lánguidas cuerdas
asidos cacen mariposas o vértigos
de sol o luna; y en sus tiernas cortezas
él dejará también, el árbol antiguo,
que con la punta de navajas de nácar
se graben los nombres de los vanos amores
de los enamorados sin esperanza.

C.S./A.G.C./p.155

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BUEN JUICIO

T: que es  BUEN JUICIO SABER DE LO INTELIGENTE SOLO, Y AQUELLO QUE ERA GOBERNAR TODAS LAS COSAS POR MEDIO DE TODAS.

© Por lo demás, es notable la precisión con que aquí se formula lo que se recomienda como buen juicio o modo de pensar, frente a los saberes de las Ciencias (y de los mitos). Es un saber en ejercicio (epístasthai), un hacerse práctico en entender lo inteligente, con lo que se predica una identificación del entendimiento o raciocinio de los hombres con el entendimiento o raciocinio que está de hecho y en ejercicio ahí fuera, en las cosas mismas, identificación que estorban los saberes o creencias particulares sobre las diversas cosas, que tienen, por el contrario, que fundarse en una separación entre el sujeto del saber (el creyente o científico y sus opiniones) y sus objetos (las cosas o conjuntos de cosas separados), ocultándose a la evidencia de que los sujetos son también objetos por lo mismo que los objetos (la razón de los procesos de las cosas) son sujetos. Es por esa coincidencia de la propia inteligencia con la inteligencia general como se da el descubrimiento de que esa inteligencia no era otra cosa que la lógica con que las formas y procesos de las cosas están regidos, condicionados, producidos, los unos por los otros, pero todos por todos (lo que incluye`cada uno por todos los demás y por sí mismo´, sin que quepa sin embargo una verdadera distinción entre`sí mismo´y`los demás´), al contrario que las creencias o saberes científicos (y místicos), que están obligados a renunciar a la generalidad y a delimitar sus ideas de conexiones entre las cosas, causales o meramente genealógicas o estructurales, a una parte o clase de ellas, de las cuales proceden a establecer explicaciones mutuas, por otras formas de relación o, en la perfección de su progreso, por relación causal; sólo que esa parcialidad o selección del dominio de las relaciones es lo que nos ciega a la razón de las razones todas, y la verdad de una relación en un dominio (científico, por ejemplo) es lo que constituye su falsedad para la razón.

R.C./A.G.C./p. 86-87

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